La Banlieue artística

25 de abril de 2011

Una lectura sobre el proceso positivo en el marco de los suburbios. París/Buenos Aires. Cuarta y última parte del estudio sobre la Banlieue.

Con un bagaje de conocimiento más acabado de lo que es la Banlieue en Francia y los sentidos críticos agudizados acerca del fracaso de la integración social a nivel global, encontramos la tensa convivencia entre arte y delito. Las dos salidas más destacadas de lo que sucede en los suburbios de París, así como en los cordones marginales del agitado y gris Conurbano Bonaerense.

Es que en la lucha por la exaltación del color local y de aquel que se importó como consecuencia de los avatares de la guerra que expulsó deliberadamente a miles de ciudadanos a América Latina y también a Europa, se gestaron múltiples controversias sobre cómo se desarrollaría el proceso de ampliación de las Naciones con sus diferentes razas.

Cómo evolucionarían luego del paso de las generaciones. Así fue como la media generacional joven optó, en la mayoría de los casos, por la fogosidad del odio frente a la enrarecida atmósfera parisina que no terminaba de convencerse de que detrás del color negro de la piel o de los rasgos árabes, había un francés más.

Migrantes que cruzaron el océano y otros que se quedaron en el paso de la frontera creyendo que el viejo continente los acunaría con mayor entusiasmo. Tal vez, con oportunidades sustanciales para poder transmitirles a sus hijos.

ENTRE LA REALIDAD Y EL IMAGINARIO

Los suburbios, las villas miseria y los barrios de emergencia se encuentran envueltos en la activación de los imaginarios y los mitos. En una tendencia sostenida a criminalizar a sus habitantes que siempre son “prácticos” al sistema que no sabe qué hacer con ellos, en dónde ubicarlos y cómo llamarlos. Sin embargo, los necesita para cubrir la narco violencia gubernamental.

La etiqueta más sencilla y al alcance es la de delincuente.

Ahora bien, existe un porcentaje minoría que por razones económicas no tiene las herramientas para trascender y/o superar la estructura maliciosa y densa que los criminaliza por la precariedad en la que viven, aunque sí cuentan con educación y empuje para crear un universo de significados y de referencia que dentro del mismo espacio los diferencie del delito. Se trata del arte.

Uno de los últimos estudios de la Revista Café Babel resalta: “Para los belgas, holandeses y rumanos que aún se preguntan lo que fueron las revueltas de los suburbios en 2005, hay que señalar que, detrás de la palabra “suburbio”, se esconden tanto connotaciones negativas como “violencia urbana”, “precariedad”, “crisis de identidad”, como referencias positivas: “creación cultural”, “solidaridad asociativa” o “mestizaje”.”

El Arte, en sus diferentes ramas, ha sido la vía que parte de las primeras generaciones encontraron para salir del ostracismo. Mabrouk Rachedi se esfuerza, a través de sus declaraciones, en rechazar la etiqueta de escritor de suburbio. Pertenece a la nueva generación que se trasladó a las afueras de Francia para dedicarse de lleno a la literatura y por clichés, terminó siendo, en la globalización de la delincuencia de la Banlieue, un “paria” más. Representa, en realidad, EL MITO DEL PARIA dentro del imaginario colectivo que fluctúa entre la fantasía y la ironía.

Un escritor que le otorga una estética literaria, con su prosa analítica descriptiva, a la Banlieue del miedo. De las revueltas. A quien no le perdonan, sus contemporáneos sumergidos en el hastío, ser diferente dentro del mismo espacio.

En 2005 Rachedi publica “El peso del alma” sobre la cotidianeidad en los suburbios. La notoriedad que le da romper con la teoría del sujeto sujetado en términos de Althusser lo lleva a evolucionar dentro y fuera de la lógica estereotipada de la Banlieue misma.

La otra mirada del suburbio. El Positivismo en el contexto de las carencias.

Tiene que ver con la cubertura de las ausencias con trabajo. Con acción. Con arte. Con emprendimientos y desarrollos individuales que generan la ira de los parias. De los imprecisos o los trabajadores “Mula”. También la bronca de los punteros maliciosos que no pudieron penetrar en el seno de una familia sólida para coptar hijos y llevarlos a la calle a delinquir.

Son, los trabajadores sin adicciones de la villa, los etiquetados por los Narcos y Homicidas como “giles”. Y también, mal etiquetados por la sociedad, como “chorros”.

Tensa convivencia que perturba más al Narco que al trabajador. Impotencia del primero por no poder, con los tentáculos de la barbarie trágica, arrasar con todos los habitantes del inmenso espacio vacío atravesado por la miseria.

La miseria está instalada en el mundo. Bajo esa premisa Pierre Bourdieu supo dirigir la compilación de testimonios y escritos en el libro “La Miseria del Mundo”.

Se destaca, en uno de sus pasajes, la muerte del barrio. El espacio tomado. El sentimiento de no pertenencia con aquello que se sentía propio y que luego, con el arribo de la inmigración, se presenta como desconocido.

“El problema es que pusieron demasiados extranjeros. Y muchos magrebíes. La gente dice que son malos y ladrones. Pero hay que ser justos. Hay de todo. Gente bien que quiere trabajar” (Testimonio de Maria. Villeneuve, 1993)

Las ausencias se profundizan. El sentido de progreso se enmascara en una competencia desquiciada entre el Bien y el Mal que se impone desde arriba con retóricas de confrontaciones y odios que cierran espacios de diálogo carentes de contenidos agresivos.

NUESTRA BANLIEUE

Contamos, en la marginalidad de la Provincia de Buenos Aires, con una clase trabajadora que vive circunstancialmente en una Villa. Que puede cubrir sus necesidades de alimento, vestido y salud pero que no les alcanza para atravesar la inmensa puerta sombría al aire libre del lugar acumulado de chapas, colchones encimados y agua estancada. Lugar al que llegaron, muchos de ellos, por una debacle indeseada.

Comunicadores, por ejemplo, que tienen improvisadas radios. Talleres de dibujo y pintura.

Maestras que enseñan, en el contexto de la desolación, el arte de la danza. Es que no todo dentro de la Villa es desventura. A diferencia del “servicio celeste o rosado” que otorgan los Planes Trabajar o Jefas de Hogar que buscan contentar a muchos vagos bajo el velo de pobres; el verdadero hombre en situación de pobreza busca, mediante sus propios recursos, los obtenidos de la calle y los aprendidos, reciclar su propia vida más allá del baño de bosquejo ficticio que ofrecen los gobiernos mediocres. Aquellos que necesitan de la ignorancia que a veces acarrea la pobreza para sostenerse en el poder.

UNA FRENTA AL SISTEMA

El sistema empuja a delinquir por un lado y el ser humano, por el otro, encuentra en el fracaso de la integración un camino auspicioso para salir de la mediocridad y resurgir, a través de cualquier manifestación artística, del pauperismo.


"El Impenetrable" (Chaco)

Argentina de cartón

6 de abril de 2011

El cartoneo, la delincuencia y las ausencias. Tercera parte del trabajo sobre “La Banlieue”.


De la desprovista seguridad de la Provincia de Buenos Aires arriban, a la Capital, cientos de personas que se dedican al cartoneo. Moran, muchos de ellos, semanalmente en la ciudad, en improvisados asentamientos callejeros confeccionados con chapas, cartones y otros elementos que sirven para protegerse del frío y/o los cambios climáticos.

Desamparados algunos e interesados en poder cubrir apenas sus básicas necesidades para regresar a la Provincia con dinero, se cotejan con los otros, con aquellos que utilizan las condiciones de pauperismo para ejercer una práctica delictiva que se extiende a lo largo de todo el territorio argentino.

Es que la miseria siempre fue el escudo elegido para desviar la atención de una realidad que se supera negativamente.

Encontramos, a la luminosa Buenos Aires, diseñada en una composición de postales deprimidas. De situaciones maliciosas. De niños descalzados esperando el corte del semáforo para hacer algún malabar o bailar, las niñas, de manera sensual. Extrañas situaciones que conforman un espacio de tragedia ya naturalizado. Un estado de descomposición social que combina la pobreza que busca revertirse con la delincuencia que se resguarda, tras la marginalidad, para robar.

Pobres funcionales al sistema. A un Gobierno que necesita de ellos para culpar a los Gobiernos anteriores. Herencias del Pasado. Pobreza funcional a la delincuencia. El crimen organizado se complota en su perversión y copta a menores en riesgo. Sin educación, a la deriva. Sin chances, más que las planteadas como la mal llamada plata fácil que en estas instancias puede ser la muerte.


El dinero del “Choreo”. “Afano”. Una “Punta” clavada como señal de poderío es la antesala de ser aceptado en la banda. O más alto, en la organización que los utilizará como rehenes visibles del delito.

Todas son señales de ausencia. Ausencia de normas. De protección. De seguridad. De redes sociales institucionalizadas para tender verdaderos lazos de solidaridad. Ausencia de conciencia. Ausencia de progreso. Ausencia de continentes legales y emocionales.

No obstante, dichas ausencias se decoran. Se las colorea con el celeste que se desea, con el rosa que se añora. Con más espacios verdes en la Ciudad. Con abominables y compulsivos feriados Nacionales que son un fetiche de la memoria latiendo como una bomba turística para escaparse de las obligaciones.

Argentina ya es un cartón.

En cualquiera de las salidas de la Capital se pueden ver los carros improvisados repletos de papel, de cajas, de cartones, de botellas.

Las Arcadas de Paseo Colón convertidas en “casas”. Las plazoletas de la Avenida 9 de julio y sus continuaciones en un ensamble de techos precarios armados con resabios de cartón. Lugar oscuro, sucio y pequeñísimo en donde se pueden refugiar hasta cinco personas. Algunos, para luego, regresar sobrepasados de Paco a algún lugar del Conurbano Bonaerense.

Verborragia. Mamarrachos estéticos de la ciudad.


Divagues de una profundización del cambio positivo. Cuando en realidad, lo que se ve, es la profundización de la Barbarie que corrió, sin frenos, a la Civilización.

Y cuando no es la pelea por el cartón; es la pelea por la cuadra; la pelea por el barrio. “La Merca” y los “Ácidos” que no son para cualquiera. Que se venden al mejor postor en intransitables pasillos de villas urbanas y periféricas. Así como en los barrios que conforman Nuestra Banlieue. “Cocinas exclusivas”.

Coches de primeras marcas y modelos se arriman a la interminable Villa 31. Conocen, “los drogones” de la clase alta, a los punteros legitimados de la Ciudad de Buenos Aires.

Punto de encuentro en el que las diferencias sociales se desvanecen.

Bajo estas características estéticas, éticas y manipuladas, La Banlieue de cartón Argentina refleja otro de los fracasos de un capital cultural que no se supo asimilar. Que fracasa en la integración del color local e importado.

Que explota, luego de dejarlos ingresar sin papeles, pregonando la Libertad, a los inmigrantes bolivianos hacinados en la esclavitud del “trabajo” ejercido en contaminados talleres de la mediocridad.

Esfuerzos reprochables de los suburbios que se arriman.

Continuará.
 
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