Tiempos

28 de mayo de 2008

Observaciones sobre un conflicto que aflora la devaluación de los políticos.

Desde hace más de dos meses, la sociedad argentina asiste a un estado de situación que revela el caos y la descomposición en las distintas esferas de la vida como consecuencia de un gobierno que ha colapsado.
Y tanto es así, que el conflicto con el campo por el tema de las enquistadas retenciones ha terminado de desquiciar al país masivamente. Por hartazgo, por desacuerdo con alguna de las partes, por ignorancia o bien por malestar hacia las dos partes, los ciudadanos, como activos participantes de los hechos sociales urbanos y rurales estamos al pendiente del me dijo, le dije, le digo. Un síntoma propio del mundo artístico revisteril que se ha propagado al escenario político, evidenciando, entre otras cosas, la debacle de los políticos argentinos.
Bajo estas características, el escándalo, así como los dimes y diretes se debaten en la encrucijada creada entre el campo y el gobierno. Entonces, los tiempos de horror se agudizan prosiguiendo por un camino escudado en los aromas retóricos del progresismo. Aquel que no es más que un simulacro para coptar a los sectores más sensibles paralizados en el siglo del miedo que vinculan la palabra orden o cumplimiento de las normas con totalitarismo, fascismo, recorte de la libertad de expresión y otras situaciones que caen, inexorablemente, en un reduccionismo semántico. El cual, se haya fomentado por un discurso gubernamental funcional a esa sintomatología.
Razón por la cual, nada mejor que introducir en un comunicado de prensa la palabra golpismo. Nada mejor que demonizar al sector agropecuario y no atender al descalabro contradictorio que se ha gestado al interior del gobierno.
Un gobierno que finge compromiso social y que ante cualquier instancia que considere que lo estorba se vuelve demencialmente susceptible. A punto tal, de romper el diálogo y crear una zaga de encuentros y desencuentros. Aquellos que, en lugar de profundizar el bendito cambio del cual habla y se jacta la Presidente, profundiza la toma de rehenes de la cual somos víctimas los argentinos.
Porque ante esta problemática, si pensamos colectivamente, todos perdemos. Perdemos como país enrarecido con la supuesta acción evolutiva por la cual atraviesa América Latina. Damos la vuelta al mundo con tristes imágenes que reflejan el pauperismo mental que confunde terminologías.
Atendamos pues a la línea de pensamiento de una de las presencias impresentables del Gobierno Nacional. Intentemos internalizar, por algunos segundos, que toda persona que vista bien es oligarca. Concluiríamos así con que Cristina Fernández es oligarca. Por lo menos, eso debiésemos deducir al ingresar a la vorágine de entreverada lógica de Luis D’ Elía.
Hombre caracterizado por el uso de la fuerza física al momento de expresar sus descontentos y/o desencantamientos ante las situaciones creadas por la crueldad de las economías de mercado y otras barbaridades impuestas por el sistema capitalista. Además de sus incontinentes frases cargas de propias frustraciones.
D’ Elía, el individuo que ha encontrado dentro de la pobreza la riqueza de ser piquetero aliado al gobierno. Porque en Argentina, haber sido o ser víctima de algo o alguien muta en negocio. Más aún, cuando se acuerda con los grupos de poder que ingresan al campo de acción enarbolados en la defensa de los derechos fundamentales del hombre. Derechos que, por estratégica voluntad, son siempre selectivos y parciales.
Así es la Argentina de este tiempo. La Argentina cuya condición humana ha sido devaluada tanto desde el oficialismo como desde algunos estratos de la oposición.
Fundamentalmente, la del lado apocalíptico que entremezcla esperanza, la llegada del “mesías” y el acabose acompañado de estoicismo, con un devenir de la historia kirchnerista anunciado por la futuróloga Elisa Carrió. Quien recorre los medios de comunicación bajo estado de intensa conmoción y emoción, ya que siente que los parámetros de Arendt –los que se encargó de deformar- cobraron vida y sentido en el encuentro de Rosario. Lugar en el que ciertamente, la gente, se acercó de manera voluntaria y en el que se creó un espacio propicio para la interacción.
Del otro lado encontramos a Mauricio Macri preocupado y embarcado en un intento frustrado por mediar en el conflicto campo/gobierno. Macri, que debe luchar con los baches en las calles también debe afrontar sus propios baches de Jefe de Gobierno que adolece de claridad explicativa.
Que aún no ha comprendido que debe dejar a la señora Michetti abordar los temas de rigor político, puesto que es una mujer que posee un background y una estructura de pensamiento que no puede ser evaluada, como en el caso de Macri, como una herramienta más que la Presidente sume a su larga lista de subestimaciones.
Sucede, que desde la soberbia cultural y soltura lingüística calculada con la que se presenta en cada acto Cristina Fernández, se pone en juego el rigor y el poder de la palabra que tiene o no llegada.
Que puede acercar, mantener o alejar al público que espera soluciones y certezas. No vacilaciones. Tampoco vacíos enmascarados de seguridad en los tiempos modernos y globalizados.
En los tiempos en los que la violencia se apoderó de los grandes centros urbanos. En los tiempos de la devaluación de los políticos que no pueden crear un espacio propicio para debatir ideas productivas que trasciendan esa mesa de debate.
Tiempos en los cuales, los grupos humanos no aprovechan la diversidad para la construcción de un pensamiento crítico que salga de la opacidad de lo autárquico para forjar un intenso y fructífero devenir de la historia.

Mundo inhumano

20 de mayo de 2008

Los rehenes de la violencia. Un áspero recorrido por algunos de los lugares más castigados del globo.

Desde el paraíso de la crueldad individual se alcanza, por inexorables consecuencias, al colapso colectivo de las naciones en el marco de un mundo apoderado por la violencia que se revela contra las normas impuestas. Que se desata también ante la anomia o que surge por un estado de desestructuración de los usos y costumbres establecidos en un allá lejos y hace tiempo que se profundiza en la vorágine de los ritmos impuestos por la globalización, asistiendo a la visualización de imágenes que alarman por su contenido sangriento y por una alevosía descomunal.
Entonces, mientras la puja por el control del poder prosigue su curso, las distintas poblaciones son actores pasivos y activos de un extenso escenario sembrado de cadáveres que han sido rehenes del exterminio por causas que versan entre el ajuste de cuentas, las guerras del narco, los robos, los asesinatos por los asesinatos mismos o bien, los asesinatos para alcanzar un lugar en una pirámide conformada por individuos que escalan posiciones primando los fines y no los medios.
Bajo estas características y atendiendo a la intolerancia emergente, la miseria humana en los distintos campos de interacción se hace presente para mostrarle al mundo los instintos más bajos. Tanto es así, que recorriendo el globo nos encontramos con el tiempo del horror en su máxima expresión.
La prolongación del siglo del miedo es innegable.
El siglo XX se extiende con ferocidad impidiendo el paso ya no cronológico sino práctico del siglo del perdón. Aún se ensamblan las expresiones de deseo de la llegada de una etapa esperanzadora como es la de éste siglo que parece nunca terminar con una realidad distinta. La cual, terminó siendo una secuencia de estadíos de dolor y desesperación, tal como lo explica el sociólogo Wolfgang Sofsky.
Actos inhumanos son partes integrantes de una cotidianeidad prácticamente naturalizada por las sociedades que no encuentran ni consuelo, ni contención en los abúlicos y retardatarios gobiernos de turno que enmascaran los hechos objetivos y persistentes con simples situaciones aisladas.
Los acontecimientos ocurridos en Sudáfrica desatados a raíz de la presencia de inmigrantes son la prueba de la ausencia de leyes migratorias así como de la lógica del despojo por la que atraviesan países que terminan por expulsar a sus residentes nativos a países de otros continentes. Familias enteras que deben huir del pauperismo así como del terror que han generado los escuadrones de la muerte, los narcoterroristas y las maras.
Grupos organizados convierten en marginal a la Nación que habitan.
Razón por la cual, la salida a buscar amparo en otro lugar es un efecto inmediato que puede ser recibido por los habitantes del nuevo lugar de diversos modos. Sea con contemplación ante la barbarie que los llevó a exiliarse o con el desborde que produce la xenofobia como sucede en Johannesburgo donde grupos de jóvenes armados con pistolas, fusiles, armas blancas y otros elementos de ataque, arremetieron contra inmigrantes asentados en el llamado barrio negro.
Incluso, los alcances de la violencia llegaron a puntos macabros que tienen que ver con la quema de extranjeros vivos.
Por otro lado, la violencia en el Tibet o el Darfur son otros de los ejemplos de los sucesos más destacados en materia de inseguridad en los distintos puntos continentales.
Lugares en los cuales, la matanza de personas ha devenido en una lamentable pero cierta práctica común. En algo natural como dice Bernard-Henri Lévy en un acertado artículo publicado el 17 de abril de 2008, en el N° 1857 de Le Point.
El conflicto de Darfur es apenas mencionado en América Latina. Parte de América que se encuentra ocupada en asimilar los frustrados intentos de evolución. Que debe asimilar el ingreso del crimen organizado. Además, claro está, de un estado embrionario de maras que busca materializarse ya sea, desde la propia organización o desde la importación de sujetos que extienden sus redes mediante la narcoinformación que ha captado que son varios los territorios latinoamericanos liberados al asentamiento del terrorismo.
Ahora bien, volviendo a Darfur, la misma es una región ubicada al oeste de Sudán que atraviesa por una contienda humanitaria interétnica catalogada por periodistas y especialistas en enfrentamientos armados como el primer genocidio del siglo XXI.
Todo se desata, en primera instancia, por la competencia por controlar los escasos recursos de la zona. Recursos que en los últimos decenios escasean más, debido al considerable aumento demográfico y a las condiciones climáticas adversas.
Durante las décadas del ‘80 y del ‘90 se produjeron varios enfrentamientos entre las poblaciones negra y árabe. Enfrentamientos que con el tiempo y hasta la actualidad están empapados de intereses políticos y económicos, no blanqueándose las cantidades de muertes producidas. No se cuentan los homicidios, como bien lo dice el especialista francés, ni por decenas ni por centenares. Se esconden, mafiosamente, las cifras que evidencian el atroz estado de vida por el que atraviesan esas poblaciones que para muchos, se encuentran demasiado alejadas.
Allí los habitantes mueren en masa porque además, Darfur, es un lugar olvidado. Un lugar tal vez desconocido para algunos indiferentes que en su panóptico solo perciben lo cercano e inmediato.
Sin embargo, en la trágica región de Darfur se cometen temibles violaciones a los derechos fundamentales del hombre. Violaciones que ultrajan la condición humana.
“Reservas de supervivientes tratados como el ganado; la violación de las mujeres y niñas” son apenas algunos episodios del latrocinio vivenciado.
Caminantes fatídicos recorren, en búsqueda de alguna protección, esas tierras destruidas que son testigos de los crímenes más cruentos y espeluznantes. De este modo, la violencia en todas sus manifestaciones, transforma la esencia del hombre que se encuentra a la espera de lo peor. Aguarda, el devenir de la historia, en alerta y en estado naturaleza frente a los estímulos asimilados de este mundo inhumano.

Los Freegans

5 de mayo de 2008

Contra el materialismo y los usos del capitalismo, el cliché del amor y paz.

Desde el constante lamento por los parámetros de vida impuestos en esta sociedad moderna y contemporánea regida por el sistema capitalista, emergen diversos grupos que buscan sobresalir mediante formas de actuar, pensar y sentir distintas a las del común denominador.
Grupos antagónicos a nivel social que nada tienen que ver con las pandillas o las maras. Son, en realidad, Tribus Urbanas o bien, simulacros de comunidades que pretenden cambiar el mundo globalizado con el cliché de paz y amor.
Desencantados del mundo y abúlicos hacia todo aquello que no forme parte de sus contextos, los grupos organizados en tribus y/o comunidades llaman la atención no solo por su estética sino también, por sus declaraciones. Aquellas que descansan en una retórica ciertamente melancólica y distante de los discursos gubernamentales y por supuesto, de los individuos embarcados en la vorágine de un capital cultural y simbólico que se adapta a las construcciones de sentido que les permiten no quedar relegados. Es decir, fuera del sistema.
Los freegans no son individuos provenientes de sectores pobres, tampoco son individuos medianamente desprovistos. Son, sin duda alguna, individuos auto convocados a la marginalidad. Porque detrás de un discurso con características revolucionarias que encierra una premeditada pero ficticia lógica del despojo personal, existe una tendencia sostenida a la diferenciación como consecuencia del hastío que produce la quema de etapas.
Personas, en su mayoría adolescentes, que portan un bagaje sobrecargado de vivencias que no atienden a los tiempos naturales. Razón por la cual, la búsqueda de nuevas experiencias se convierte en una necesidad imposible de evadir al interior de un universo de significados signado por edificaciones contestarias frente al orden social establecido.
Bajo estas características y a modo de protesta, los freegans comen de la basura que noche tras noche arrojan las grandes cadenas de supermercados así como los locales de comidas rápidas y casas de familias.
Rebeldes en su manera de presentarse ante el mundo, se oponen al materialismo, la apatía social, la competición, la conformidad y la codicia.
Se embarcan en la constitución de un mundo menos peor actuando de forma absurda. Emulando ser pobres. Imitando los tristes paisajes que pueden divisarse mundialmente. La de hombres y mujeres, sin límites de edad, revolviendo la basura por verdadera necesidad. Aunque también es cierto que dentro de lo que son los parámetros de la pobreza, existe la elección.
O sea, el trabajo de campo ha demostrado que personas, por ejemplo, en situación de calle no quieren trascender esa condición. Se resisten al progreso y prefieren, por causas fundamentalmente psicológicas, a continuar viviendo en la indigencia ya naturalizada.
Ahora bien, el caso de los freegans es entonces un estilo de transitar que a su pesar, nos los aparta del capitalismo que tanto repudian. Los coloca, simplemente, en una subglobalización dentro de una economía de mercado en la cual, la utopía de las comunidades solo tiene cabida en el imaginario de sus integrantes.
La palabra freegan deriva de free (libre) y vegan (vegetariano). Se denominan “Vegans” aquellos que evitan pues, el consumo de productos de origen animal o productos experimentados en animales en un esfuerzo por evitar causarles daño. (http://www.freegan.info/)
El movimiento de los freegans surge hace varios años y reúne ecologistas, antiliberales y consumidores renegados. Se instala en Estados Unidos, Australia y el Reino Unido.
Se consideran defensores de la ecología al tiempo que se contaminan con los residuos que forman parte del panorama callejero de New York. Recolectan alimentos que dicen estar en buen estado para así llenar sus despensas y refrigeradores.
Contra el consumismo que dicen que es ilimitado y que atenta contra el “verdadero progreso” conforman otra de las tantas subculturas que se han creado en respuesta a los hechos sociales y urbanos de los últimos 50 años.
En grupos o de manera individual, los freegans visten ropas usadas y con ellas pululan por las calles de los países que los cobijan intentando demostrar que se puede vivir sin dinero. Que los seres humanos se pueden alimentar de lo que portan las enormes bolsas de residuos negras y que lo material solo forma parte del maldito fetichismo de la mercancía.
No obstante, son variados los vacíos que aparecen en la teoría de un movimiento ecléctico en el cual, no faltan los "intelectuales". Los cuales se resisten contundentemente a la mundialización -como diría el sociólogo Anthony Giddens- introduciendo una especie de mecanismo de trueque no tan primitivo pero que resalta la postura de anticonsumo sobre la cual se enarbolan y jactan.
En sus declaraciones resaltan estar bien asesorados pero empíricamente se comprueba que la mayoría de los alimentos ingeridos están vencidos. Son, en definitiva, lumpens por elección que rechazan el techo de los shoppings y que se resisten a comprar. Incluso, algunos de ellos, también a pagar los servicios que utilizan. Por tales motivos, terminan en las calles o bien, viviendo en condiciones de campamentos que distan de ser, las comunidades entendidas allá lejos y hace tiempo.
 
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