El silencio legitimante

18 de junio de 2007

La cosmovisión del mundo bajo el imaginario de las licenciaturas, doctorados y títulos universitarios.
El caso de Juan Carlos Blumberg.
Conjugar el sentido común con un equilibrio de juzgamiento en la Argentina de hoy, puede verse como un concepto límite más que como una materialización.
La categorización de tal o cual cosa, en ciertas ocasiones, suele ser peligrosa. Y si no encuentra un freno, acarrea consecuencias que desmitifican la credibilidad del categorizado.
Por supuesto que cuando el rótulo otorgado adolece de validez.
Entonces, el silencio de la persona erigida se vuelve legitimante de un invento.
De una fantasía, en cierta medida, inofensiva.
Sucede, que por la necesidad de jerarquizar a cierto interlocutor que es visto como un referente social, algunos individuos le otorgan categorías que no poseen.
Porque existe una creencia colectiva que el licenciado o el doctor, tienen mayor relevancia. Esa relevancia esa una construcción de sentido o significado que luego deviene en la problemática construcción social que no siempre es funcional a la vida en armonía, al desarrollo y la evolución.
Por el contrario, crea situaciones retrógradas que denotan una sociedad estancada, banal y quebrada en su tejido.
En este marco, existen dos cuestiones relevantes. Por un lado, el sujeto que es mencionado por otros con el título de algo y por otro lado, el sujeto que se auto titula de cierta manera. El primer caso corresponde a la figura de Juan Carlos Blumberg y el segundo, a la de Jorge Telerman.
Ambas personas han sido denunciadas por ser portadores de títulos que no le corresponden.
En el caso de Telerman por hacerse llamar licenciado y en el caso de Blumberg por permitir que lo llamen ingeniero cuando en realidad no lo es.
Razón por la cual, se antepone la profesión a la persona.
Es decir, el profesional, se dibuja en los imaginarios como si su condición estuviese signada por lo excelso y lo exquisito. Se es profesional antes que ser humano.
Se evidencia un desorden de tiempos y prioridades que reflejan las características exitistas que se profundizan con el correr de los años.
Pues se crea una cosmovisión del mundo que supone elevarse entre licenciaturas y doctorados. No se tiene en cuenta que la verdad, en algún momento, se conocerá. Y que con ella llegarán los conflictos, dado que los individuos particularmente morbosos, esperan, en materia política, el tropiezo del opositor para devorarlo en esa constante maximización de los hechos cuando son funcionales a la destrucción.
Ocurrió con Telerman. Su credibilidad fue en descenso a punto tal de no entrar en la segunda vuelta el próximo 24.
Aunque a ello, también deben sumársele, otros factores. Como ser su alianza con Elisa Carrió.
Eterna denunciante de las irregularidades oficialistas quedó en el borde de una falsa licenciatura jactanciosa y auto impuesta.
El caso de Blumberg dista un poco del pícaro de Telerman. Ya que quien sería el candidato a Gobernador por la Provincia de Buenos Aires por PRO, siempre fue llamando ingeniero.
Así se lo conoció públicamente. Los medios lo presentaron como tal cuando su imagen pasó a ser la síntesis de la burla de la tragedia al producirse el asesinato de su hijo Axel.
Muchas personas, por su vínculo con lo textil, lo comenzaron a llamar de esa manera.
Anteponiendo a su nombre un título inexistente.
Algo que perduró y que se instaló masivamente.
La muerte convirtió a Blumberg en un líder contra la inseguridad.
Referente de quienes tuvieron que atravesar por su misma situación y de aquellos que se niegan a continuar por este camino incierto e inseguro.
Blumberg, un hombre arrastrado por la desgracia.
“Rescatado” por el apoyo de amplios sectores sociales.
Coptado por el macrismo, dejó pasar su oportunidad de decir él mismo que no era quien en realidad se creía que era.
No evitó caer en la encrucijada del campo político y tampoco tuvo en cuenta que la carencia de un título podía destruir toda su lucha.
Su compromiso social y político, este último a veces vacilante, hoy es puesto en duda.
Es cuestionado por la sociedad que lo adoptó otorgándole la voz colectiva.
El reclamo de todos en su figura, se ve manchado por un silencio que legitimaba, sin maldad, al imaginario ingeniero.
Una equivocación.
Un descuido grave que en condiciones ideales no debiese producirse.
No obstante, nuestro país no se caracteriza por vivir en situaciones ideales.
Nuestros gobernantes no son ideales. Entonces, el hecho se agudiza más porque se asiste a una sociedad que compra estereotipos y castiga selectivamente.
Inferencias sociales que si no encuentran su tope en la persona implicada pueden derivar en lo que hoy ocurre con la figura de Blumberg.
Quien en diversas entrevistas pidió perdón a la sociedad por haber “metido la pata.”
Pero del mismo modo que el castigo es selectivo, lo es la memoria y el perdón.
Blumberg, a diferencia de otros, no cayó en las clásicas huidas de la responsabilidad.
Eso le otorga una cualidad. Una virtud que puede contrarrestar, tal vez, la desilusión de no ser universitario. Sumado, a que un rótulo maldito, no daña.
Por lo menos, cuando no se utiliza en la práctica y queda en un nombre.
A pesar de sobrar.
En cambio, dañan las acciones de otros que nos devastan desde el poder a través de retóricas que profundizan las heridas del pasado y revelan el resentimiento de no saber hacer aquello que otros sí supieron y saben.
 
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